La Playa de los Difuntos

Estaba hinchado como un cuero de vino. El pellejo tenso, reluciente y curtido al sol, carcomido poco a poco por centenares de voraces cangrejos, que desaparecían veloces en sus agujeros al acercarse un extraño. 


Los gallinazos también esperaban su turno. Pacientes en los postes cercanos. Era un león marino. Enorme, colosal. Tenía el hocico semienterrado en la arena. No supimos nunca de qué murió, pero enseguida fantaseamos con que la parte de su vientre cubierta por la arena sin duda dejaría entrever un terrorífico mordisco de tiburón blanco, tan abundante por estas aguas.


La playa de Máncora es kilométrica. Caminando por el litoral, uno diría que puede llegar a Chile sin dejar de pisar arena. Después de ver aquel animal, y de recorrer la costa durante tres horas, encontramos los despojos de otros tres ejemplares. Todos con la boca abierta y unos enormes incisivos flanqueando una lengua abotargada y negruzca.


Pero no solo grandes mamíferos aparecen cada mañana varados en la orilla. También vimos vomitar a la marea peces globo, calamares, morenas y aves marinas. Como aquel gigantesco pelícano al que fui a tocar con un palo y resultó que no estaba muerto, sino sólo agonizante. Nos brindó un buen respingo al menear la cerviz justo cuando me acercaba, curioso, a su supuesto cadáver. 


Un perro calato de los que por aquí abundan, un ejemplar de una raza autóctona, calva y anterior a los incas, más parecido a una rata gigante que a un can, acabó con su calvario con una certera dentellada en la nuca.


Creíamos que Máncora iba a ser más turístico de lo que finalmente ha sido, lo cual nos ha congratulado. El caso es que actualmente es temporada baja, invierno, por lo que el agua “está fría”. Por eso no hay tanta gente como en noviembre y diciembre. Que el agua esté “fría”, para los de aquí significa la temperatura que puede tener en Benirdorm actualmente.


En Máncora se hace surf. De un pequeño cabo surge una ola larga de izquierdas que hace las delicias de locales y visitantes. Dicen que es una de las mejores del Sur de América. Nosotros la disfrutamos igualmente. Pese a que había bastantes candidatos a correrla, pude coger un puñado bien ricas. Aunque fueron menos de las que hicieron conmigo una lavadora, claro. No digamos con Óscar. El surf es difícil. En la última, acabé con los pies bien arañados por las piedras del fondo, lo cual son gajes del oficio.


Para bañarse en el Perú sin congelarse hay que subir casi hasta la frontera con Ecuador. Esto se debe a que el resto del litoral, desde Chile, está afectado por la corriente de Humboldt: aguas profundas y muy frías que emergen hasta la superficie. Su baja temperatura las hace difíciles de evaporar.


Esta corriente varía su rumbo Norte justo en la zona en la que nos encontramos y, de aquí, se desvía hacia altamar, rumbo Oeste, al encontrarse de bruces con la cálida corriente Ecuatorial, o de El Niño, que viaja rumbo Sur.


Es por eso que toda la costa Chilena y Peruana es un desierto. No llueve, la aridez es extrema. Por la latitud, corresponderían a estos valles verdes selvas y húmedos manglares tropicales y subtropicales. Pero esas aguas profundas y heladas han impedido la lluvia desde hace miles de años. Esa es la explicación. 


La corriente del buen Hulboldt también explica que, al arrastrar plancton a manos llenas, en estas aguas naden algunos de los cardúmenes más generosos y variados del mundo. Hasta aquí venía el viejo Hemingway a pescar sus merlines y atunes en largas temporadas.


Como saben los que me conocen, el geógrafo Alexander von Humboldt es uno de mis grandes referentes. Recordaba mi amigo Eduardo Laporte en Facebook recientemente que el alemán dio el nombre a la corriente. Y a los pingüinos, y al segundo pico más alto de Venezuela, y a universidades, calles, plazas… Es uno de los personajes cuyo nombre más cosas llevan. 

Bebo mucho de la manera de viajar y conocer mundo de aquel erudito alemán, desde que leí una de sus magnas obras: “Del Orinoco al Amazonas”. Por cierto, Alexander no fue el único ilustrado de su familia. Su hermano Wilhelm también destacó, pero en el campo de las letras. Sus estudios sobre el euskera en pleno siglo XIX le valieron una calle en Donosti.


Algunos recordarán que intenté seguir los pasos del geógrafo, de Alexander, con una propuesta para la compañía aérea LAN, pero no tuve éxito en aquel concurso. 

Ahora, con los pies a remojo donde se desvía la corriente que bautizó con su apellido, pienso que me hubiera gustado formar parte de alguna de sus expediciones. Tomar apuntes en un cartapacio amarillento con las tapas de hule. Garabatear y describir las extrañas criaturas que saliesen a nuestro encuentro. Dar a conocer luego al mundo todas esas maravillas…


Javi Indurain me dijo antes de marchar a España que yo había nacido en el siglo equivocado. A veces pienso que tiene razón. En unos tiempos en el que internet mata el misterio, -así lo dejó dicho otro gran referente, Miguel de la Quadra-Salcedo-, todo es demasiado sencillo de ver. O está demasiado visto.


Cada vez el ser humano pierde más su capacidad de asombro. Ahora mismo puede haber un par de sujetos enfocando como locos sus teléfonos móviles hacia un Picachu sin percatarse de que éste descansa en las raíces de un árbol milenario o sobre unas ruinas de otra era. Pero bueno, supongo que siempre fue y será así.

Quizás no se trate tanto de ser el primero en descubrir un lugar o unas gentes. La clave está en cómo se descubren, con qué ojos se miran. Por suerte, nosotros dos conservamos una mirada propia que proyectar sobre las cosas que encontramos en el viaje. Y ya sea un león marino momificado por el salitre y el viento, o una flota de barcos pesqueros denegridos por el sol, siempre contarán con una mirada, la nuestra propia, que ni Humboldt pudo tener.

Por eso nos reservamos el íntimo derecho de bautizar, como él, algunas de las cosas que descubrimos en nuestro periplo. Porque gracias a Dios, aún mantenemos la capacidad de asombro.


Igual que cuando exploraba de niño con mis amigos los montes de Akerreta. Entonces descubríamos “El Valle de los Huesos”, “El barco pirata” o “El Prado de las Hormigas”. Asombro. Fantasía.

Así pues, en el ocaso de otro día de viaje, aunque lleve siglos registrada sobre un mapa, la de Máncora será, a partir de hoy y para siempre, “La Playa de los Difuntos”.