Aprender, agradecer… Y fluir

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Tres vuelos. Varios miles de kilómetros. 17 horas de viaje. Eso es lo que cuesta regresar al círculo de confort. Escribo desde mi cama. Mejor dicho, la cama que ocupé durante 25 años de mi vida, en casa de mis padres. Creo que es el lugar más cómodo y acogedor del mundo. Y sin embargo, al deshacer la mochila, he percibido el olor almizcleño y húmedo de mi catre de Zankhvav impregnado en mi saco-sábana. Y me ha invadido la nostalgia. Sigue leyendo