Chao, Perú

En Lima, como siempre, el cielo es gris. El Pacífico está hoy de buenas, y sus olas son blandas y lentas. Y mueren en el litoral sin apenas reventar de espuma.

Se acaba el viaje. Este es el último atardecer Peruano. El último ocaso mirando al otro lado del mundo. A Australia o a Papúa Nueva Guinea. Ya ha pasado un mes y es un buen momento para echar la vista atrás y recordar lo vivido.
Perú es un país que contiene un millón de países en su interior. A lo largo de estos 30 días, hemos recorrido 5.470 kilómetros de carreteras, ahí es nada. Hemos hollado los Andes, con sus paisajes lunares, su escasez de oxígeno y su frío también lunar. Hemos conocido a los chicos de Joserra, con sus sonrisas francas y sus ojos muy abiertos. 

Hemos llegado hasta las ruinas más impresionantes que conserva el ser humano. Hemos dormido en la selva, envueltos en el manto verde y marrón de Madre de Dios, mecidos por los sonidos desbordantes de lo salvaje. Hemos chapoteado en las aguas del lago más elevado del mundo.

Hemos recreado la historia de nuestros ancestros en ciudades que fundaron o conquistaron a sangre y fuego. Hemos admirado el vuelo del cóndor asomados al abismo más profundo. Hemos rodado en las arenas del desierto del litoral, contemplando el vasto horizonte color vicuña que no tenía fin. Y por último, hemos nadado en las transparentes aguas del Pacífico, al norte del país. 

Ayer en Lima nos dimos un homenaje de cena y pisco sour que ni Pizarro en sus mejores tiempos. Porque el Perú es muy hermoso. Y en él se come bacán. 

Pero no tanto como en mi pueblo, a donde dirijo mis pasos. Ese pequeño rincón del mundo donde aterrizar en lo mío, donde recuperar mi yo sedentario. Ese yo que tan rápido se transformará para hacer el macuto de nuevo. 

Con compañeros de viaje como los que he tenido, algo me dice que repetiremos pronto. Pero de momento, adiós Perú. Como dicen por aquí, “chao” Perú, regresamos a la Madre Patria.